Por primera vez desde que se había metido en el agua esa mañana, sentía que las partes dispersas de su alma estaban regresando, como si impregnaran el aire salado que respiraba y, llenando sus pulmones, se le mezclaran con la sangre. La oscuridad del mar y el cielo se transformó tras sus ojos: el cielo se veía azul y despejado, con el sol cálido y bajo, y el mar era el frío Atlántico de las costas de su casa, las olas altas rompían con rugidos fragorosos, y él caminaba entre Kathi y David, dándoles la mano.